Los divorcios nunca son sencillos, son la última respuesta a una serie de acciones y consecuencias que se han dado con anterioridad dentro de la familia. El número de separaciones, ha aumentado de manera exponencial a lo largo de los últimos años. Romper lazos afectivos es siempre doloroso, en numerosas ocasiones las principales víctimas en todo proceso de ruptura son los hijos.
Puede parecer que la relación de una pareja no tenga nada que ver con el bienestar de los hijos, sin embargo aunque la relación sea entre dos, las acciones que rodean la relación, el ambiente familiar, la violencia entre otros, afectan considerablemente en el estado emocional y psicológico de los hijos.
Uno de los factores más determinantes es la edad que tienen los hijos cuando se produce la separación. Cuanto más pequeños son los niños, más importantes son las consecuencias (a partir de los 2 años aproximadamente). La gravedad y la frecuencia dependerán de la edad del niño, de su temperamento y de otras circunstancias de su entorno.

Son habituales conductas regresivas, como volverse a hacer pipí en la cama, chuparse el dedo, infantilismo, querer dormir con los padres, miedos, ansiedad, etc. También rabietas, necesidad de llamar la atención constantemente. Vinculación excesiva normalmente con la madre. En ocasiones, el niño, pasa de la agresividad o al menosprecio a la búsqueda de un afecto incondicional (abrazos, besos, promesas de que se portará bien, etc.).
Se producen alteraciones del sueño, en el patrón de las comidas, quejas somáticas dolor de cabeza, de estómago…sin justificar, apatía, introversión, dificultad para relacionarse o jugar.
En esta franja de edad, los niños ya disponen de mayores recursos verbales lo que en cierto modo les ayuda a exteriorizar sus sentimientos.
Pueden seguir presentes los diferentes síntomas antes expuestos en uno u otro grado. No obstante, hay que añadir, según las características del niño las siguientes:
Es una época complicada para los jóvenes y en la que se suelen amplificar los diferentes problemas que se arrastran o producen.

No es posible plantear unas orientaciones generales que sirvan para todas las familias, todos los procesos de separación y que obedezcan a las diferentes realidades de cada pareja e hijos. Cada caso requerirá la aplicación de unas u otras estrategias en función de todas las variables existentes.
Toda separación supone un proceso de duelo, de readaptación a nuevas circunstancias vitales. No obstante, los más pequeños son las víctimas más propicias. A la poca comprensión de lo que sucede se les une, en muchas ocasiones, las frecuentes batallas legales por la custodia de los hijos con cambios constantes de domicilio (según régimen de visitas) y en los que el niño se convierte en una especie de paquete que viaja de un lado a otro. Es el perfecto escenario para menoscabar su seguridad emocional y que empiecen a aflorar todos los síntomas de una vinculación insegura.
Es básico que independientemente de las diferencias que como adultos tengan, los padres sepan ofrecer al niño un marco único, un mensaje claro de que siguen siendo lo más importante para ellos. Que pese a no vivir juntos estarán unidos en sus necesidades y proyectos y que incondicionalmente estarán a su disposición.
En niños de 2 a 5 años es fundamental, tras la separación, que en la medida de lo posible se introduzcan los menos cambios posibles (visitas, escuela, casa, etc.) al menos de entrada. Los pequeños necesitan reforzar su vinculación con la principal figura de referencia (el padre o la madre) tras la separación y la partida de uno de los progenitores.
Ello es debido a la necesidad de compensar una situación que no comprenden pero que la viven con angustia (en especial si han presenciado discusiones acaloradas, insultos o malos tratos).
Antonia Ordóñez
Equipo de psicología – Dependentia