Aunque cada vez parece menos probable, actualmente podríamos encontrarnos en una conversación en la que se dice de una persona con paraplejia que es inválida, o de una persona con ceguera que es minusválida, y nuestra reacción inmediata no sería la de llevarnos las manos a la cabeza e interrumpir a nuestro interlocutor.
Sin embargo, si recordamos que inválido o minusválido significa menos o no digno de ser aceptado, es posible que entonces queramos llevarnos las manos a la cabeza. Que socialmente aceptemos a día de hoy que alguien, o nosotros mismos, califiquemos de inválido o minusválido a otra persona es, como poco, intolerable.
Quizás hay quien opine que esas denominaciones en una conversación privada no denigran a las personas con discapacidad, que forma parte de un argot relajado e informal que no afecta al respeto colectivo. Pero lo cierto es que influye.

El primer motivo por el que no deben seguir usándose determinados términos es el poder de las palabras para transmitir. Cuando usamos palabras no sólo se refieren a aquello que definen. Nuestro sistema de comunicación permite transmitir, a la vez que palabras, ideas o valores asociados a esas palabras, acordados y aceptados por la sociedad en la que se vive. Usar palabras con connotaciones discriminativas, por mucho que la intención del parlante no sea ofender, implica la transmisión de estos valores junto a ellas.
En segundo lugar, y precisamente por las implicaciones explicadas en el párrafo anterior, las palabras son herramientas que se usan para edificar y modificar el pensamiento. Por lo que es importante usar palabras centradas en los aspectos positivos, para construir desde la base una concepción de las personas con discapacidad inclusiva y respetuosa. El uso cotidiano y sin censura social de los términos mencionados propicia la continuación de la estigmatización de las personas con discapacidad, y entorpece la evolución hacia una sociedad sin segregación.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) propuso un lenguaje unificado para los profesionales en el ámbito de la discapacidad en su Clasificación Internacional del Funcionamiento, de la Discapacidad y de la Salud (CIF) en 2001.
Vemos pues los siguientes cambios:

Mención especial merece, en esta búsqueda del lenguaje más respetuoso e inclusivo, la aparición del concepto “diversidad funcional”, introducido en el artículo “Diversidad funcional, nuevo término para la lucha por la dignidad del ser humano” de Javier Romañach y Manuel Lobato (2005) en el foro de Vida Independiente. Esta denominación pretende redefinir la concepción de las personas con discapacidad, para centrarse en cómo éstas realizan las mismas funciones de formas diferentes a como las hacen la mayoría y no en lo que no pueden hacer igual. Un ejemplo sería cómo una persona con discapacidad visual, a pesar de no poder ver, puede leer un libro o un artículo mediante el lenguaje de Braille.
Algunos consejos para intentar que nuestra forma de expresarnos sea lo más positiva e inclusiva posible son:
Parecen pequeños cambios sin repercusión en la forma de pensar global, pero actuar de forma individual y transmitir esta forma de ver la discapacidad a las personas que nos rodean es una forma de extenderla. No hay que olvidar que hace sólo unos años hablábamos de “retrasados” o “disminuidos”, y que, aunque nos dirigimos hacia la mejora constante, aún estamos lejos de la perfección. Dejar de concebir la discapacidad desde la inferioridad de las diferencias individuales, y pensar en capacitar desde el entorno es una meta de largo alcance, pero si cambiar la forma de hablar acorta unos metros la distancia, habrá que empezar a andar.
Núria Marco Díaz
Equipo de Dependentia